Tuesday, January 19, 2010

Hoy.

El reloj se detiene. La adrenalina se aplaca, las sensaciones se estabilizan. Perdura la contradicción, pero frente a los vaivenes de cada mañana pierde la capacidad de confundir. La soledad, enmascarada, muta en abrazos sinceros, palabras que hieren, cosas que, sin más, se dicen. La última cena, aquél último deseo, siempre disparadores de nostalgia y emoción, serán el punto de partida: la primera lluvia, el sostén de la construcción toda.
Poder poner la mente en blanco. Burlarse de la formalización de un ideal, permitir que pase el tiempo sin cálculos precisos ni predicciones inútiles. Perdura, si bien aislada, esa furia tan característica que siempre busca justificarse. La angustia, el no sé qué, se transforman en esos viejos amigos que uno siempre recuerda, pero ve muy poco. Aún no es tiempo de tomar decisiones.
La obsesión con el azar. Vivir esperando un momento de éxtasis, para luego asegurar que el juego viene mal parido. Perdura la mirada ajena, pero cambia la manera de recibirla. Ya no sirve elegir ciertas frases de escudo, ya no cuenta el análisis ni el analista. Podría pensarse hasta cuándo y simplemente no se piensa.
No es un antes, ni un después; hoy se eliminan los extremos. Hoy es un colchón en el suelo, un libro que atrapa, una copa de vino que se bebe. Hoy es una persona que tropieza, una risa que estalla, y la misma persona que se levanta. Hoy amanece temprano y nadie lo nota. Mañana,
hoy, no importa.