Lo conocí mucho tiempo después de haber perdido la costumbre de la melancolía. Trabajaba yo por esos años en el Instituto Pedro Iriarte, prestigioso colegio secundario en el barrio de Caballito, del cual fui alumno, y al cual logré ingresar como docente de historia meses después de haberme recibido. No eran muchas horas semanales, y el sueldo apenas alcanzaba para guardar algo en la época en la cual concreté el anhelo de mudarme por fin sólo.
Todas las tardes, a las cinco y media, emprendía mi caminata hacia Rivadavia y Acoyte, desde donde tomaba el colectivo. Resulta increíble no haber reparado antes en aquel puestito de diarios, en la esquina de Bogotá y Avellaneda. De intenso color verde, se veía atravesado con una enorme inscripción de trazo similar al de una tiza que anunciaba “Invierta bien su dinero. Usted lo gasta, yo me lo quedo”. En el momento en el cual me preguntaba quién podría comprar allí, un local con un letrero tan hostil, caí en la cuenta de que una vez más debía resolver un inconveniente de los más molestos. Así fue que, tras saludar amablemente, lancé sin más mi pedido:
- ¿Qué tal jefe? ¿No me podría cambiar monedas para el bondi?
El viejo sonrió, y en un instante de desenfreno, su cara se desfiguró y rompió a llorar. Supongo que no habrá soportado la vergüenza, porque buscó refugiarse tras la chapa que permitía el acceso al pequeño cuarto con el que cuentan la mayoría de los puestos de diarios. Atónito, asomé la cabeza y le pregunté qué le pasaba. Su “Tomatelás, pibe” no dio lugar a mucho más. Finalmente conseguí las monedas en una pizzería, tomé el colectivo, y con todas las cosas que uno tiene en la cabeza un día miércoles, olvidé el episodio con el viejo. Pero esa misma noche, la imagen la sonrisa deformándose hasta estallar en llanto no me dejó dormir.
Con el paso de los días, y al constatar que tarde tras tarde el viejo repetía el mismo proceso, mi curiosidad cobró dimensiones inesperadas, y ya no pude soportar la tentación de conocer qué era lo que le sucedía. Mi vida comenzó así a tornarse en una serie de jornadas insostenibles en las que sólo esperaba el timbre de las cinco y media para correr hacia la esquina y observar al viejo que lloraba. Una de esas tardes, en la que, una vez más, el viejo se negó a contestar a mis preguntas, perdí la cabeza. Comencé a gritar desesperado, como un guerrero, que a merced del enemigo, se sabe esperando el instante final. Una furia irrepetible se apoderó de mi cuerpo y no pude detener el deseo de destruirlo todo. Los diarios, las revistas, la chapa que servía de puerta. Destruir el puesto entero, y destruir a ese viejo.
Desperté en una cama, amarrado de tobillos y muñecas en una sala inmensa, sin ventanas, rodeado de muchos otros que estaban amarrados como yo. Me sentía extrañamente descansado, y a excepción de la recomendación de los doctores, no recordaba nada que me preocupara. Noté que me habían puesto un vestido de lino blanco, y así también vestían todos a mi alrededor. Yacía a mi lado una joven con cabello rizado, de un negro penetrante, algo excedida de peso y con una expresión en el rostro que me parecía familiar.
- ¿Y vos por qué estás acá? – le pregunté-
La muchacha no pareció siquiera notar mi presencia.
Temí no poder conversar con nadie en esas pocas semanas que duraría mi internado, pero llegué a la conclusión de que muchas veces, la mal llamada locura, es simplemente una visión algo apartada del común denominador que maneja el grueso de la gente. Con gran sorpresa, logré establecer vínculos sinceros con personas que tienen prácticamente negada la reinserción social. Es al día de hoy que paso, de vez en cuando, a tomar unos mates con algunos viejos amigos.
Esa tarde estaba pautada mi salida del sanatorio. Mientras terminaba de guardar mis escasas pertenencias en una mochila, se me acercó David, un chico de quince años, que tras haber sufrido graves maltratos por parte de su hermano mayor, intentó ahogarlo en la pileta de una quinta que tenían en San Fernando. Falló. Al día siguiente sus padres solicitaron su internación.
- ¿Querés saber por qué nunca te contestó esa chica? –dijo- Era todavía chiquita cuando la trajeron. Dicen que no está loca, que una tarde no se acordó cómo volver a su casa y terminó vagando por ahí. Pasaba justo una de las camionetas del sanatorio, la vieron caminando sola, ahí, por Caballito y la levantaron. A eso de las cinco y media fue. Algunos dicen que el papá la andaba buscando, pero acá nunca llegó nadie, y ella un día no habló más.
Llegué a mi casa aturdido. Me esperaban mis amigos y mi familia, ansiosos por saludarme, por abrazarme, por verme bien. Lo único que necesitaba era un papel y una birome. Sin mirar a nadie, subí por las escaleras y entre a mi habitación. Entre el desorden encontré mi cuaderno con los apuntes para dar las clases. Revolución Rusa. Arranqué un pedazo de la hoja, y en el reverso, anoté la dirección del sanatorio, el número de habitación y el número de la cama de esa pobre chica. Volé hasta Rivadavia. Busqué en mi bolsillo y tenía monedas de sobra. El colectivo me dejó en Acoyte. Corrí hasta Avellaneda, estaba a unas pocas cuadras.
Al llegar a la esquina de Bogotá, el puestito de diarios ya no estaba.