Dicen que resulta sencillo reconocer, a partir de una serie de sensaciones muy particulares, cuándo es que uno se halla en la etapa de los descubrimientos. Es sabido que el cuerpo todo, sin dar previo aviso, comienza de a poco a configurarse de forma tal que con la aparición de un estímulo certero, se agudizan nuestros sentidos y se aceleran los pensamientos, tomando la ceguera las riendas del asunto. Claro que no hablo de ceguera de forma literal, sino de la ilusión, del reflejo, de un tamiz que evade exclusivamente lo que no se desea ver. Uno anda así como en carne viva, expuesto y vulnerable, pero sobre todo, receptivo y dispuesto al estímulo, el goce y la sensación. Más o menos andaba así yo a los dieciséis años.
Caminaba con pasos largos y algo torpes, moviéndose libremente entre categorías abstractas que nadie confiesa haber creado, pero todos sin más aceptan. Se ofrecía al espectador como atravesada por espejos, auténtica y verdadera. No era particularmente linda, pero sí espontánea. Era espontánea, inteligente y sobre todas las cosas, reía. Reía, quizás sabiendo que en su risa se hallaba el arma fundamental, la llave, la capacidad de derrumbar todo muro, de subir, de bajar, de las posibilidades infinitas. No todos podían notarlo, quizás para el ojo promedio fuese imperceptible, pero, al hallarme yo en la etapa de los descubrimientos, no tuve otra opción que sucumbir.
Equivocando caminos, seguramente, fue que edifiqué mi estrategia, mi plan maestro. Alguna que otra charla, compañía en recitales, y el humor como condimento esencial fueron mi manifiesto. Si el precioso aroma de las flores resulta encantador cada vez que damos un paseo, por ejemplo, por una plaza, imaginen el efecto que logra cuando se lo lleva y mantiene día y noche en la propia habitación. Era, por supuesto, una época de excesos, y con la excusa de experimentar qué tal quedaban unas fresquísimas frutas al ser embebidas en una jarra de vino blanco, quedó determinado el primer encuentro. La conversación exacerbada, el intercambio de profundísimos planteos filosóficos, el creciente mareo y sobre todo las risas, siempre jóvenes, siempre sinceras, fueron la excusa; el magnetismo de los labios, la consecuencia.
Un vaivén mucho más equívoco que otra cosa es la descripción más adecuada para el período en el cual podríamos decir que fue mía. Como si utilizase un pequeño embudo, me brindaba su néctar a cuentagotas, tan microscópico e insípido, que no sabía a nada más que a esa nostalgia con fama de ser la peor, la que añora lo que jamás sucedió. Agendaba así entre mis descubrimientos más recientes, los sinsabores de una triste adicción: la que mendiga hasta los besos, la que sufre de fantasmas ajenos, la que jamás se siente parte. Todo parecía una oscura obra de teatro que, si bien recién estrenada, tenía un protagonista que nada tenía ya para aportar.
Cuando uno descubre, cuando uno va descubriendo, todo parece moverse a una gran velocidad, con cambios intensos de dirección y de movimiento que apenas se logran divisar. Sin demasiadas explicaciones, sin el tan ansiado por qué, el puente parecía haberse roto. Y descubrí el peor de los descubrimientos, experimenté la peor de las sensaciones, que en ese momento significaban, únicamente, sentir asco por lo que anteriormente venerábamos simplemente porque ya no nos pertenece. La carne viva comenzó a quemar, los celos a arder, el odio a brotar. Me di cuenta, de repente, que otros también sucumbían, que otros también podían ser, también, algo más que el ojo promedio. Que otros también la podían ver, y ella podía verlos, y así el universo entero perdía su tan estético equilibrio.
Nos volvimos a cruzar muchas veces más en la ruta compartida de los excesos, enroscados en discusiones que al otro día ninguno de los dos recordaba. Nos volvimos a observar cada uno con su propio reloj, cada uno con su propia compañía. Nos remontamos sin más al primero de los días, aquél que nos describía como dos personas que jamás se habían conocido. Y hoy, que puedo observar la cinta toda, elegir el preciso momento, arrancar, si quisiera, por el final, me vuelvo a sentir como a los dieciséis años. En carne viva, expuesto y vulnerable, pero no por una niña de dieciséis años que ríe, sino por la certeza de que el micromundo que cada pequeño descubrimiento edifica aún me acompaña cada vez que descubro, y ya no creo que algún día me vaya a abandonar.