Tuesday, March 27, 2012

La etapa de los descubrimientos.


Dicen que resulta sencillo reconocer, a partir de una serie de sensaciones muy particulares, cuándo es que uno se halla en la etapa de los descubrimientos. Es sabido que el cuerpo todo, sin dar previo aviso, comienza de a poco a configurarse de forma tal que con la aparición de un estímulo certero, se agudizan nuestros sentidos y se aceleran los pensamientos, tomando la ceguera las riendas del asunto. Claro que no hablo de ceguera de forma literal, sino de la ilusión, del reflejo, de un tamiz que evade exclusivamente lo que no se desea ver. Uno anda así como en carne viva, expuesto y vulnerable, pero sobre todo, receptivo y dispuesto al estímulo, el goce y la sensación. Más o menos andaba así yo a los dieciséis años.

Caminaba con pasos largos y algo torpes, moviéndose libremente entre categorías abstractas que nadie confiesa haber creado, pero todos sin más aceptan. Se ofrecía al espectador como atravesada por espejos, auténtica y verdadera. No era particularmente linda, pero sí espontánea. Era espontánea, inteligente y sobre todas las cosas, reía. Reía, quizás sabiendo que en su risa se hallaba el arma fundamental, la llave, la capacidad de derrumbar todo muro, de subir, de bajar, de las posibilidades infinitas. No todos podían notarlo, quizás para el ojo promedio fuese imperceptible, pero, al hallarme yo en la etapa de los descubrimientos, no tuve otra opción que sucumbir.

Equivocando caminos, seguramente, fue que edifiqué mi estrategia, mi plan maestro. Alguna que otra charla, compañía en recitales, y el humor como condimento esencial fueron mi manifiesto. Si el precioso aroma de las flores resulta encantador cada vez que damos un paseo, por ejemplo, por una plaza, imaginen el efecto que logra cuando se lo lleva y mantiene día y noche en la propia habitación. Era, por supuesto, una época de excesos, y con la excusa de experimentar qué tal quedaban unas fresquísimas frutas al ser embebidas en una jarra de vino blanco, quedó determinado el primer encuentro. La conversación exacerbada, el intercambio de profundísimos planteos filosóficos, el creciente mareo y sobre todo las risas, siempre jóvenes, siempre sinceras, fueron la excusa; el magnetismo de los labios, la consecuencia.

Un vaivén mucho más equívoco que otra cosa es la descripción más adecuada para el período en el cual podríamos decir que fue mía. Como si utilizase un pequeño embudo, me brindaba su néctar a cuentagotas, tan microscópico e insípido, que no sabía a nada más que a esa nostalgia con fama de ser la peor, la que añora lo que jamás sucedió. Agendaba así entre mis descubrimientos más recientes, los sinsabores de una triste adicción: la que mendiga hasta los besos, la que sufre de fantasmas ajenos, la que jamás se siente parte. Todo parecía una oscura obra de teatro que, si bien recién estrenada, tenía un protagonista que nada tenía ya para aportar.

Cuando uno descubre, cuando uno va descubriendo, todo parece moverse a una gran velocidad, con cambios intensos de dirección y de movimiento que apenas se logran divisar. Sin demasiadas explicaciones, sin el tan ansiado por qué, el puente parecía haberse roto. Y descubrí el peor de los descubrimientos, experimenté la peor de las sensaciones, que en ese momento significaban, únicamente, sentir asco por lo que anteriormente venerábamos simplemente porque ya no nos pertenece. La carne viva comenzó a quemar, los celos a arder, el odio a brotar. Me di cuenta, de repente, que otros también sucumbían, que otros también podían ser, también, algo más que el ojo promedio. Que otros también la podían ver, y ella podía verlos, y así el universo entero perdía su tan estético equilibrio.

Nos volvimos a cruzar muchas veces más en la ruta compartida de los excesos, enroscados en discusiones que al otro día ninguno de los dos recordaba. Nos volvimos a observar cada uno con su propio reloj, cada uno con su propia compañía. Nos remontamos sin más al primero de los días, aquél que nos describía como dos personas que jamás se habían conocido. Y hoy, que puedo observar la cinta toda, elegir el preciso momento, arrancar, si quisiera, por el final, me vuelvo a sentir como a los dieciséis años. En carne viva, expuesto y vulnerable, pero no por una niña de dieciséis años que ríe, sino por la certeza de que el micromundo que cada pequeño descubrimiento edifica aún me acompaña cada vez que descubro, y ya no creo que algún día me vaya a abandonar.

Friday, March 09, 2012

Una mente inquieta.

Así una vez lo describieron: como una mente inquieta. Desde pequeño intentó conectar los puentes, buscar la vía por la cual un determinado concepto desembocaba en una idea mayor, como esas muñequitas rusas pero al revés. Tendencia por lo menos melancólica, de alto grado de sensibilidad, siempre acarreó particulares estados de ánimo, quizás incomprensibles, o imperceptibles, bien maquillados con una enorme sábana de risas bobas, grotescas y una jerga compartida por algunos pocos que, como laderos en momentos de bloqueo mental premeditado e incluso útil, creció al punto de perder todo significado.

Siguiendo la línea auto-propuesta, sin intención de burla ni exageración, sumergió la razón entera en descubrimientos aún mayores, y abriendo y cerrando persianas, el grado de alienación aumentó sistemáticamente. Nuevas formas de disimulo aparecieron y las viejas, victimizadas, subestimadas, proscriptas en el rincón del olvido. Logró tomar consciencia, y, a veces obligado, comenzó a mirar de frente, sin temor al peor de los jueces, catalogado vulgarmente como la mirada ajena. Creía verse avanzado en su idílico camino.

Una tarde de invierno recibió aquel llamado. Sintió, despacito y hondo, como los pedacitos del vidrio hecho trizas se clavaban en la planta misma de sus pies.

- ¡Qué fácil es teorizar sobre el desastre ajeno! – se lamentó.

De este modo su impecable modelo comenzó a derrumbarse, y todo era negro, y gris, y encerrado, y que nadie me venga con pavadas ni disfraces de la expresión. Cada mañana tenía gusto a ese vidrio, cada conversación era banal, cada momento eran dos momentos, y no cabían dudas cuál era el real, el perceptible, el de los olores y los sabores.

Ya nunca más encontró la mesa servida ni escaleras para saltar la famosa pared, pero, mente inquieta, pudo entender que no había mejor prueba empírica para su gran investigación que las propias lágrimas.

Tantas veces anheló y proyectó su utópico desarrollo, soñó con su propia evolución hacia un estado mental de estabilidad, aceptación y conformidad; tanto tiempo pasó preguntándoselo todo, que su mente inquieta ya no pudo formular más preguntas. Se levantó temprano, por primera vez en mucho tiempo, y sin tratar de ahondar en mayores porqués, abrió la sillita playera, y con el sol mañanero cegándole los ojos, por fin descansó.

Wednesday, March 07, 2012

Implosión.

Hay una sombra gris que congela los pensamientos y hace caer los telones, cosa de que ni el más temerario sea capaz de ver. Disparada por los misterios imposibles de configurar a través de la razón, aterriza justo en el centro de las entrañas del sufriente, y hace implosión. Todo se detiene y, según cuentan, resulta imposible dilucidar en dónde uno se encuentra. La expresión más notoria desde el aspecto físico se centra en los ojos, que parecen anclados, y lo que es aún peor, impulsados hacia adentro enmarcándose cada vez más en una cavidad que pareciera no tener fin. No hay sonrisas ni hay risas; el sufriente pide agua y obtiene aceite. El sufriente, adicto al sentir, confesará que ya nada siente.

Así es que todo se magnifica, pero con una cualidad casi mágica o sobrenatural retratada en una alquimia tenebrosa que reduce a cenizas cualquier perfume, cualquier canción, cualquier abrazo. La tragedia de la sombra gris es la ceguera, el corazón partido. Es el miedo canchero, poderoso y agrandado, invulnerable y enquistado en una coraza que no acata ni las leyes de la gravedad. El aislamiento, así, se vuelve hábitat natural: parece uno estar dando pequeños pasos a través de aquellos caminos que, al soñarlos, parecen tan familiares y que traen consigo al despertar la puntada espeluznante de lo que desconocemos y sabemos como seguro.

El sufriente hará sus mayores e inconscientes esfuerzos por alejar a quien más quiere, colmando de abstracciones los momentos en los cuales el único antídoto potable es un poquito de verdad. El dibujo que fuera en la mente tan simple, tan natural y verdadero, se evaporará, y cualquier imagen se irá desarmando y perdiendo nitidez, reflejándose en espejos de agua que jamás permiten ver las cosas como realmente son. Serán golpes directos, intentos por evitar la expresión, tan vehementes que lograrán trastocar las propias convicciones, embarcando a uno en discusiones victoriosas aún sabiendo los disparates que se han pronunciado y sostenido. El respeto, el amor, la ternura, vagones de un tren que va descarrilándose hace rato.

Habrá por supuesto días de sol, en los que algún color, alguna melodía, o simplemente algo de aire fresco verterán algo de azúcar en la mezcla que tanto cuesta siquiera probar. En ellos estará la clave para no sucumbir, para nunca convertirse en protagonista de las historias que nadie quiere ver y que, tristemente, se repiten cada vez más.

Friday, March 25, 2011

De trayectos y viejos anhelos.

Otra vez frente a la hoja en blanco, sí, pero, esta vez, hay mucho que plasmar. Tratarás de no divagar tanto, de contar lo necesario, de dar justo en la tecla.

Podrías empezar, como bien aconsejarían muchos que yo conozco, por el principio: el momento del salvataje, las dos únicas opciones, y el desecho de todo eso que te brindó el equilibrio de la supervivencia durante tanto tiempo. Claro, elegir, no elige cualquiera, sin embargo es sólo el primer paso entre muchas cuestiones que deberías lograr sustentar con el tiempo.

Supongamos que aquello estuvo bien, que inventaste una nueva forma de sortear las aguas, incluso, oxigenaste el proceso en sí y le agregaste una gran cuota de originalidad. Navegaste viento en popa, y cuando la cosa anda bien, ríe hasta el más desgraciado. No es mi intención ser injusto, pero en cuestiones como éstas cualquier desliz puede ser castigado, y no es eso lo que quiero para vos. No quisieras hallar vestigios de viejas embarcaciones en los mares que con tanto fuego, y alternando días hermosos con tormentas, a veces pasajeras, pero siempre intensísimas, decidiste transitar.

Es así que lo das todo. Es una tarea ardua, porque debés brindarte pleno, enfrentando coyunturas bien cambiantes, imposibles de cuantificar mediante variables insulsas. Tus intenciones no dejan de ser buenas, pero pecás. Te confundís, y la confusión, dadas ciertas condiciones personales, se pega a la negación de la confusión. Una vez te escuché anhelar esos viejos métodos de antaño; pues bien, no tenés más que estirar la mano y pedir por ellos. Como rebobinar un casette, o como arrepentirse. Pero allí, y así, la ruptura final, definitiva y, cuanto menos, trágica.

Dejaría en cualquier momento este rol tan frívolo, no me gustan los números, soy más partidario de la esencia que del análisis. Pero en noches como ésta, que no hace ni tanto frío ni tanto calor, que se me cierran los ojos pero no tengo sueño, que desearía cerrar los ojos, abrirlos, y leer en el aire que ya es mañana, no hay lugar para sentimentalismos.

Podrías, y permitime aconsejarte, destruirlo todo. Aún los más sabios han sabido reencontrar viejas huellas, y transitar, años después, por senderos que tan bien conocieron, y con motivos respetables, también abandonaron. O podrías, sin embargo, una vez más, enderezar el rumbo de ésto. Los dos sabemos que jamás te estrellarías, pero, ¿Pensaste alguna vez en la importancia de disfrutar el trayecto?

Saturday, October 02, 2010

¿Dónde está?

Lo conocí mucho tiempo después de haber perdido la costumbre de la melancolía. Trabajaba yo por esos años en el Instituto Pedro Iriarte, prestigioso colegio secundario en el barrio de Caballito, del cual fui alumno, y al cual logré ingresar como docente de historia meses después de haberme recibido. No eran muchas horas semanales, y el sueldo apenas alcanzaba para guardar algo en la época en la cual concreté el anhelo de mudarme por fin sólo.

Todas las tardes, a las cinco y media, emprendía mi caminata hacia Rivadavia y Acoyte, desde donde tomaba el colectivo. Resulta increíble no haber reparado antes en aquel puestito de diarios, en la esquina de Bogotá y Avellaneda. De intenso color verde, se veía atravesado con una enorme inscripción de trazo similar al de una tiza que anunciaba “Invierta bien su dinero. Usted lo gasta, yo me lo quedo”. En el momento en el cual me preguntaba quién podría comprar allí, un local con un letrero tan hostil, caí en la cuenta de que una vez más debía resolver un inconveniente de los más molestos. Así fue que, tras saludar amablemente, lancé sin más mi pedido:

- ¿Qué tal jefe? ¿No me podría cambiar monedas para el bondi?

El viejo sonrió, y en un instante de desenfreno, su cara se desfiguró y rompió a llorar. Supongo que no habrá soportado la vergüenza, porque buscó refugiarse tras la chapa que permitía el acceso al pequeño cuarto con el que cuentan la mayoría de los puestos de diarios. Atónito, asomé la cabeza y le pregunté qué le pasaba. Su “Tomatelás, pibe” no dio lugar a mucho más. Finalmente conseguí las monedas en una pizzería, tomé el colectivo, y con todas las cosas que uno tiene en la cabeza un día miércoles, olvidé el episodio con el viejo. Pero esa misma noche, la imagen la sonrisa deformándose hasta estallar en llanto no me dejó dormir.

Con el paso de los días, y al constatar que tarde tras tarde el viejo repetía el mismo proceso, mi curiosidad cobró dimensiones inesperadas, y ya no pude soportar la tentación de conocer qué era lo que le sucedía. Mi vida comenzó así a tornarse en una serie de jornadas insostenibles en las que sólo esperaba el timbre de las cinco y media para correr hacia la esquina y observar al viejo que lloraba. Una de esas tardes, en la que, una vez más, el viejo se negó a contestar a mis preguntas, perdí la cabeza. Comencé a gritar desesperado, como un guerrero, que a merced del enemigo, se sabe esperando el instante final. Una furia irrepetible se apoderó de mi cuerpo y no pude detener el deseo de destruirlo todo. Los diarios, las revistas, la chapa que servía de puerta. Destruir el puesto entero, y destruir a ese viejo.

Desperté en una cama, amarrado de tobillos y muñecas en una sala inmensa, sin ventanas, rodeado de muchos otros que estaban amarrados como yo. Me sentía extrañamente descansado, y a excepción de la recomendación de los doctores, no recordaba nada que me preocupara. Noté que me habían puesto un vestido de lino blanco, y así también vestían todos a mi alrededor. Yacía a mi lado una joven con cabello rizado, de un negro penetrante, algo excedida de peso y con una expresión en el rostro que me parecía familiar.

- ¿Y vos por qué estás acá? – le pregunté-

La muchacha no pareció siquiera notar mi presencia.

Temí no poder conversar con nadie en esas pocas semanas que duraría mi internado, pero llegué a la conclusión de que muchas veces, la mal llamada locura, es simplemente una visión algo apartada del común denominador que maneja el grueso de la gente. Con gran sorpresa, logré establecer vínculos sinceros con personas que tienen prácticamente negada la reinserción social. Es al día de hoy que paso, de vez en cuando, a tomar unos mates con algunos viejos amigos.

Esa tarde estaba pautada mi salida del sanatorio. Mientras terminaba de guardar mis escasas pertenencias en una mochila, se me acercó David, un chico de quince años, que tras haber sufrido graves maltratos por parte de su hermano mayor, intentó ahogarlo en la pileta de una quinta que tenían en San Fernando. Falló. Al día siguiente sus padres solicitaron su internación.

- ¿Querés saber por qué nunca te contestó esa chica? –dijo- Era todavía chiquita cuando la trajeron. Dicen que no está loca, que una tarde no se acordó cómo volver a su casa y terminó vagando por ahí. Pasaba justo una de las camionetas del sanatorio, la vieron caminando sola, ahí, por Caballito y la levantaron. A eso de las cinco y media fue. Algunos dicen que el papá la andaba buscando, pero acá nunca llegó nadie, y ella un día no habló más.

Llegué a mi casa aturdido. Me esperaban mis amigos y mi familia, ansiosos por saludarme, por abrazarme, por verme bien. Lo único que necesitaba era un papel y una birome. Sin mirar a nadie, subí por las escaleras y entre a mi habitación. Entre el desorden encontré mi cuaderno con los apuntes para dar las clases. Revolución Rusa. Arranqué un pedazo de la hoja, y en el reverso, anoté la dirección del sanatorio, el número de habitación y el número de la cama de esa pobre chica. Volé hasta Rivadavia. Busqué en mi bolsillo y tenía monedas de sobra. El colectivo me dejó en Acoyte. Corrí hasta Avellaneda, estaba a unas pocas cuadras.

Al llegar a la esquina de Bogotá, el puestito de diarios ya no estaba.

Tuesday, April 20, 2010

Las voces.

Un sendero sinuoso y prolongado terminó por determinar que mil voces se acallaran; tras varios intentos fallidos se impuso la única que verdaderamente importa. Ni la ansiedad ni el miedo, compañeros tanto en rondas de mate como en rondas de vino, lograron ese efecto paralizante, mundialmente conocido y causante de un sinnúmero de novelas que jamás se terminan de escribir. Si bien es cierto que, con una buena red de sostén hasta las subidas más peligrosas mutan en realizables, el impulso para el despegue, para posicionarse en el mismísimo punto de partida, jamás puede ser externo. Esta vez, dijiste que sí.
La velocidad en la sucesión de los sucesos consiguió que la mayoría de las cosas dejaran de perder naturalidad; pareciera que la relación entre pensar y desnaturalizar hace tiempo que tiende a estrecharse. Ni la compañía ni la soledad trajeron bajo sus faldas nostalgia ni añoranza, semillas de posteriores fracasos, o más bien arrepentimientos. Esta vez no pensaste, hiciste.
Esa gran capacidad para preveer el naufragio y abandonar la nave a tiempo posicionó las cartas de manera que la partida quedara servida sobre tu plato; tras haber dedicado años a tratados filosóficos que pretenden versar sobre la suerte experimentás con la cautela ya característica, lo lindo que es tenerla de tu lado. Ni esbozar un posible final para la película, ni el rumor de las voces virtualmente acalladas apartaron lo relevante en el momento trascendental en el cual se establecen las preferencias. Esta vez no descartaste, elegiste.
Siempre respetando y a veces temiendo la fuerza brutal de lo contingente, decidiste apretar un botón y activar la cámara lenta. Ratificando una nube de conceptos que solés manejar con facilidad, te decidiste a bajar, al menos por un rato. Con una sonrisa recordás el consejo valioso durante el reino de la incerteza; con otra, la multitud de rostros que anhelan verte bien. No idealizás. Dejás fluír y dejás ser, sintiendo poder apartarte y caminar hacia un sitio desde el cual todo pareciera verse mejor. Pero todavía te preguntás si de verdad lo estás logrando.

Tuesday, January 19, 2010

Hoy.

El reloj se detiene. La adrenalina se aplaca, las sensaciones se estabilizan. Perdura la contradicción, pero frente a los vaivenes de cada mañana pierde la capacidad de confundir. La soledad, enmascarada, muta en abrazos sinceros, palabras que hieren, cosas que, sin más, se dicen. La última cena, aquél último deseo, siempre disparadores de nostalgia y emoción, serán el punto de partida: la primera lluvia, el sostén de la construcción toda.
Poder poner la mente en blanco. Burlarse de la formalización de un ideal, permitir que pase el tiempo sin cálculos precisos ni predicciones inútiles. Perdura, si bien aislada, esa furia tan característica que siempre busca justificarse. La angustia, el no sé qué, se transforman en esos viejos amigos que uno siempre recuerda, pero ve muy poco. Aún no es tiempo de tomar decisiones.
La obsesión con el azar. Vivir esperando un momento de éxtasis, para luego asegurar que el juego viene mal parido. Perdura la mirada ajena, pero cambia la manera de recibirla. Ya no sirve elegir ciertas frases de escudo, ya no cuenta el análisis ni el analista. Podría pensarse hasta cuándo y simplemente no se piensa.
No es un antes, ni un después; hoy se eliminan los extremos. Hoy es un colchón en el suelo, un libro que atrapa, una copa de vino que se bebe. Hoy es una persona que tropieza, una risa que estalla, y la misma persona que se levanta. Hoy amanece temprano y nadie lo nota. Mañana,
hoy, no importa.