Thursday, May 28, 2009

¿Qué sería de mi sin yo?

Y qué se yo, viejo, vos viste cómo son estas cosas. Cuando todo parecía encaminado, pum, caíste de nuevo. No se bien por dónde pasa, es casi como la piedra con la que sólo uno tropieza, o el charco que sólo uno pisa. El mundo entero alrededor de uno. Y al plantearse el grado de egoísmo que va tiñendo de a poco la pintura toda, cuando al fin la cara queda sumergida en el barro, en el miedo, en la materialización del peor miedo, justo allí es donde.
La apreciación siempre imperfecta es la mejor excusa, pero al equiparar el ángulo del cual se mire, quedará nula. No, claro, no pido que me entiendas.. si yo también odio tanto adorno a la hora de expresarnos, bah, me parece un disfraz; sucede que hay cosas que la gente se las guarda hasta que no puede más, y las termina largando de a poquito, como si caminaran sobre astillas, o cenizas. Y todo sobre la misma base, todo sobre el disco que vos escuchás o el libro que vos leés o los labios que vos besás.
Culpás al azar. Insultás, pensando en los cálculos probabilísticos. De miles de barcos que andan de acá para allá, de miles de aviones que cruzan los cielos del mundo entero, el tuyo naufraga, el tuyo se estrella. A la suerte hay que ayudarla, qué barato, ¿no? El mapa se completa con el silencio obligado, la necesidad de ocultar la catástrofe, quizás el mejor aliciente al egoísmo omnipresente. Hay platos de los que no se pueden probar dos veces y el peor castigo es el autocastigo. Conocés el poder del abrazo sincero y el autocastigo, hoy, es desecharlo.
Pero bueno, qué se yo. Ya tomamos de más me parece, y no me gusta que me estés mirando así, me siento juzgado. Hora de volver a casa y repasar mil veces las charlas de siempre. Lo mejor, lo que ya no añoramos, lo que ya pasó. Hora de volver a casa. Me gusta volver a casa, y más me gusta hacerlo caminando, porque tengo tiempo de preguntarme mil veces lo mismo: ¿Qué sería de mi sin yo?