Wednesday, January 28, 2009

2009, y lo bien que se siente.

Es sabido, a nivel mundial, la dificultad que representa tener que desatar un nudo. Sea encontrado en un cable, en una soga, o incluso detectado en la propia garganta, durante generaciones la humanidad ha tratado de hallar una solución a este inconveniente que ha quitado el sueño a más de uno. Por esta razón es que hemos decidido, considerándonos expertos en la materia, escribir por única vez este pequeño manual acerca de cómo actuar ante semejante desafío.
En primer lugar, debemos acabar con la teoría de que siempre es mejor contar con el auxilio del prójimo; muchas manos en un plato hacen mucho garabato, y apostamos a que ninguno de ustedes desearía encontrarse en la situación de tener que lidiar con cientos de teorías ajenas acerca de cómo superar el escollo. Un nudo se reproduce fácilmente y, volvemos a apostar, no quisieran tener que desatar varios a la vez. Es así que, luego de haber asimilado el conflicto a resolver, es vital contar con el tiempo necesario para hallar individualmente el método adecuado de resolución.
Luego, casi con seguridad, estarán ingresando en una etapa complicada, que asociaremos con la frustración. Nervios, bronca, tristeza, falsa indiferencia, siempre con un tinte de violencia, serán el reflejo de todos los intentos infructuosos para vencer al nudo maldito. Desde aquí consideramos importante mantener la calma, ya que mantiene una relación de proporcionalidad directa con el alcance de la solución. La combinación "Té de hierbas - hacerle caso a mamá", según hemos comprobado, funciona bien para no caer en la desesperación.
Ahora estamos encaminados: comprendimos la importancia de mantener el desafío en carácter individual, y logramos evitar la histeria ante numerosos fracasos en nuestra empresa. Pero todavía no sabemos cómo reaccionar ante uno de los sucesos filtro, por el cual creemos que la técnica que estamos implementando es la correcta, pero finalmente no lo es. Parece que el nudo se va desatando, de a poquito, día a día creemos estar próximos a lograrlo, para luego toparnos con que todo ha sido una vaga ilusión, y que así no vamos a desatar nada, y que todo es una cagada. ¡Mirad la mitad del vaso lleno! Al menos nos sirvió para sentir que tenemos con qué, que hemos perdido la batalla pero no la guerra.
A esta altura, creerán, es más que admisible comenzar a realizar una búsqueda espiritual, implementar las cábalas más extrañas (NdR: no admitimos el cese en el cuidado de la higiene personal) e incluso rogar por apoyo terapéutico. Caerán también en la trampa de lo perenne. Ya no sentirán la desesperación, pero sí una novedosa angustia. Abandonarán los intentos por desatar el nudo, y se verán en la ruta opuesta al fin de los escalofríos. Pensarán en un tijeretazo, y en quedarse con mucho menos de lo que les corresponde, pero con algo. Y cuando más lejos se sientan de lograrlo, es el punto en el cual comenzarán a acercarse.
El nudo es así, egoísta. Es orgulloso, altanero. Cada vez que lo pensamos, se endurece. Cada nueva técnica que implementamos, lo refuerza. El nudo no soporta el olvido, no asimila el desgano, no mantiene el goce. La eterna victoria lo debilita. Cuando logren subestimarlo, dejar de añorarlo, hablarle de igual a igual, no idealizarlo, lo habrán vencido. Acercarán las dos manos, nunca temblorosas, y en segundo, todo habrá acabado. Verán lo bien que se siente.