Saturday, June 17, 2006

Hambre de cambio.

Modificar estructuras de raíz, utilizando los ojos para otras cosas. Abrir puertas sin romper sus marcos, permitir que las luces de la noche traigan mucho más que frívola destrucción. Dejar las culpas para quien las merezca, buscar pero jamás esperar encontrar. Analizar en la escencia, sin dejar de elegir en tiempo y forma la manera en la que nos gustaría salvarnos. Creer en lo imposible y soltar de a carcajadas el veneno hacia quien redacte ese tipo de frases. De vez en cuando (cada vez más) subir los escalones hacia el sueño que no duerme o duerme en cualquier lado, permitiéndole a la risa insulsa ser la mejor de las treguas. Volver a destinos cercanos que en un contexto de imposibilidad de adaptación quedaron tras el más extenso océano, cuyas aguas transportan no sólo vida sino llanto. Aceptar la dureza, que muchas veces se viste de color de perla y ordena las barajas de forma en que los comodines queden siempre aislados, luego de haber aparecido entre derrumbes para salvar las distintas manos. Echar tierra sobre pozos cavados en vano, permitiéndo a los gusanos comer las sobras de lo que nunca debió haber sido. Desatar lo que falta del nudo, preparando nuevas sogas, de piel mucho más auténtica, madura, sincera y sobre todo, valiente.
Y entonces permanecerán los recuerdos, pero ya sin ese escalofrío.