Te ofrezco un viaje, un viaje para adentro o para donde quieras. Para que descubras y te dejes ser. Te ofrezco mis labios, suaves, siempre esclavos de tus pretensiones. En noches oscuras, o al brillar el sol. Siempre que lo desees, estoy, exijo mucho menos de lo que doy. Soy tu llave a la fantasía.
Te invito a que lo logres, a que fluya esa furiosa cascada que llevas adentro. Te dejo reír y llorar, te hago caer y te vuelvo a levantar. Soy el asesino de tu soledad, el héroe para tus ojos que sangran. El muro contra la basura que tragas, tu libro preferido, y el disco que escuchas. Todo te sabe a miel, nunca te dieron un beso igual.
Lo soy todo.
Tu mayor riesgo, tu único secreto. El primer ladrillo, que se tambalea y hace peligrar tu armoniosa estructura. Soy el bandido que te espera detrás de esa esquina, también soy la aspiradora de tu cerebro. A cargo estoy de tus últimos fracasos, cumplo el rol que te doblega hasta dejarte limpiando el piso con tus sensibles rasgos. Te gusto, le gusto, y les gusto. Me extingo rápidamente, pero te envuelvo de vestidos de las más hermosas sedas, y así te dejo. Te dejo, pero para volver, cuando lo pretendas.
Wednesday, March 29, 2006
Sunday, March 12, 2006
Mi flor.
Una vez, yo solía tener una flor. De aquellas que pueden doblegar hasta la más dura mirada y lograr que tu corazón se deslice, lenta y sigilosamente, fuera de tu boca.
Yo la cuidaba. La cuidaba, le arreglaba los pétalos que los furiosos vientos le arrancaban, le ofrecía dulce agua y le hablaba. Le hablaba, y le cantaba. La cuidaba, le hablaba y le cantaba.
No era una flor normal, para nada. Era mi flor. Yo la sentía así, como el abuelo que se emociona al hablar de sus nietos. Era mi flor, y nadie lo podía modificar. Nadie podía pinchar esa burbuja, tan sensible, entre ella y yo.
Habían muchas flores en mi jardín, muchísimas. Pero esto era algo especial; era como un amor de verano. Un infinito amor, sustancia que implicaba una lógica preferencia.
Todos sabían de este amor; era de esos que saben arrancar tímidas sonrisas en propios y ajenos.
Pero los días de sol no se acumulan en grandes cantidades, y agazapada, siempre está la tormenta. La tormenta, con su ímpetu característico, dispuesta siempre a arruinar. Que palabra más dura, pero es cierto. Siempre lo arruina todo.
Y no hablo de la tormenta baratamente, porque un día, se avecinó. La tormenta se avecinó, y todo fue diferente. No más de mi jardín, no más ese típico reflejo de rocío sobre el césped. No más de mi flor.
El amor se terminó, de golpe, como más duele. Y me tiré a dormir. Me tiré a dormir, y no volví a despertar. No se por qué no lo hice, pero así sucedió.
La tormenta determinó que yo durmiera, y así fue. La tormenta todo lo puede.
Yo la cuidaba. La cuidaba, le arreglaba los pétalos que los furiosos vientos le arrancaban, le ofrecía dulce agua y le hablaba. Le hablaba, y le cantaba. La cuidaba, le hablaba y le cantaba.
No era una flor normal, para nada. Era mi flor. Yo la sentía así, como el abuelo que se emociona al hablar de sus nietos. Era mi flor, y nadie lo podía modificar. Nadie podía pinchar esa burbuja, tan sensible, entre ella y yo.
Habían muchas flores en mi jardín, muchísimas. Pero esto era algo especial; era como un amor de verano. Un infinito amor, sustancia que implicaba una lógica preferencia.
Todos sabían de este amor; era de esos que saben arrancar tímidas sonrisas en propios y ajenos.
Pero los días de sol no se acumulan en grandes cantidades, y agazapada, siempre está la tormenta. La tormenta, con su ímpetu característico, dispuesta siempre a arruinar. Que palabra más dura, pero es cierto. Siempre lo arruina todo.
Y no hablo de la tormenta baratamente, porque un día, se avecinó. La tormenta se avecinó, y todo fue diferente. No más de mi jardín, no más ese típico reflejo de rocío sobre el césped. No más de mi flor.
El amor se terminó, de golpe, como más duele. Y me tiré a dormir. Me tiré a dormir, y no volví a despertar. No se por qué no lo hice, pero así sucedió.
La tormenta determinó que yo durmiera, y así fue. La tormenta todo lo puede.
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